jueves, 29 de diciembre de 2011

"Sí."

Imagen: Entre el índice y el pulgar. Créditos al autor.

"Se había enfriado y cristalizado en tal medida que cuando, con otros varios, me senté ante una amplia bañera constantiniana de esperma, la encontré extremadamente condensada en bultos que flotaban acá y allá por la parte líquida. Nuestra tarea era volver a hacer fluidos esos bultos a fuerza de apretarlos. ¡Dulce y untuoso deber! No es extraño que en tiempos antiguos el aceite de esperma fuera un cosmético tan estimado. ¡Qué clarificador! ¡Qué endulzador! ¡Qué suavizador! ¡Qué delicioso reblandecedor! Después de tener las manos en él unos pocos minutos, notaba los dedos como anguilas y empezando, por decirlo así, a volverse serpentinos y espirales.

Yo, sentado allí bien cómodo, con las piernas cruzadas, en cubierta; tras el duro ejercicio del cabrestante; bajo un tranquilo cielo azul; con el barco navegando indolentemente y deslizándose con serenidad; yo, mientras me bañaba las manos en esos suaves y amables glóbulos de tejidos infiltrados, tejidos casi en esa misma hora, para romperse sustanciosamente entre mis dedos y descargar toda su opulencia, como las uvas plenamente maduras sueltan su vino, y mientras aspiraba ese aroma incontaminado, literal y verdaderamente como aroma de violetas en primavera, os aseguro que viví aquel rato como en un prado almizclado, y me olvidé totalmente de nuestro terrible juramento, lavándome de él las manos y el corazón en ese inefable aceite de esperma, y casi empecé a dar crédito a la vieja superstición de Paracelso de que el aceite de esperma es de rara eficacia para mitigar el calor de la ira, al mismo tiempo que, bañándome en ese baño, me sentía divinamente libre de toda mala voluntad, o petulancia, o malicia de ninguna clase.

¡Apretar, apretar, apretar, durante toda la mañana! Apreté aquel aceite de esperma hasta que casi me fundí en él: apreté ese aceite de esperma hasta que me invadió una extraña suerte de locura, y me encontré, sin darme cuenta, apretando en él las manos de los que trabajaban conmigo, confundiéndolas con suaves glóbulos. Tal sentimiento desbordante, afectuoso, amistoso, cariñoso producía esta labor, que por fin acabé por apretarles continuamente las manos, y por mirarles a los ojos sentimentalmente, como para decir: «¡Oh, mis queridos semejantes!, ¿por qué vamos a seguir abrigando resentimientos sociales, o conocer el más leve malhumor o envidia? Vamos; apretémonos todos las manos; mejor dicho, apretémonos universalmente en la mismísima leche y esperma de la benevolencia».

¡Ojalá pudiera seguir apretando ese aceite de esperma para siempre! Pues ahora, una vez que, por muchas experiencias prolongadas y repetidas, he percibido que en todos los casos el hombre debe acabar por rebajar, o al menos desplazar, su concepto de la felicidad inalcanzable, sin ponerlo en parte ninguna del intelecto ni de la fantasía, sino en la esposa, el corazón, la cama, la mesa, la silla de montar, el rincón del fuego, el campo, ahora que he percibido todo esto, estoy dispuesto a apretar la tina eternamente."

"Moby Dick". - Herman Melville.

1 comentario:

Nicolás Montecchiari dijo...

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